¿El final del trabajo?

 

Cuando se debate acerca de los efectos de la automatización en el mundo del trabajo, hay quienes anticipan su desaparición, ya lo presenten como una buena o una mala noticia. Pero la idea de que el trabajo sería abolido ha sido desmentida continuamente en la historia. La automatización total, la gran sustitución tecnológica, no tendrá lugar. El espectro de la automatización es agitado por el actual capitalismo de las plataformas para disciplinar la fuerza de trabajo y desvalorizarlo. No habrá sustitución sino algo que podría ser todavía peor y los oficios serán reemplazados por tareas simples y externalizadas en granjas de clics (Casilli) donde se repiten las lógicas de explotación colonial sobre las redes sociales. A mi juicio, no se trata de un reemplazamiento sino de una transformación; habrá menos disrupción que continuidad; el cambio no será cuantitativo (el número de puestos de trabajo) sino cualitativo (la naturaleza del trabajo demandado).

 

Hay que reconocer en primer lugar la gran cantidad de trabajo inscrito en la misma automatización. Se está operando una nueva división internacional del trabajo digital por la que se forman cadenas de deslocalización que nos obligan a mirar la automatización de otro modo: no se sustituye a los trabajadores humanos por robots sino por otros trabajadores humanos (ocultos, precarios y peor pagados). Frente a cierta retórica dominante, las plataformas no están animadas por usuarios benévolos sino por proletarios del clic. Cada vez que pedimos a Alexa que ponga nuestra canción favorita nos introducimos en una cadena de procesos extractivos que involucra a las minas de litio en Bolivia, a los trabajadores del clic en el Sudeste Asiático, es decir, un proceso que nos conduce al lugar físico final del consumo de gadgets: todos los centros de análisis de datos terminan en basureros de residuos electrónicos.

 

Por otro lado, las tecnologías digitales necesitan nuestro trabajo, el de los usuarios. Sabemos bien que, de alguna manera, toda persona abonada a una red social es un trabajador. Me refiero al trabajo no ­pagado de los consumidores. Los robots no son sustitutos sino dispositivos que ­interaccionan con los humanos. Lo que hay que analizar es esa interacción en virtud de la cual las soluciones automáticas son mejoradas por el trabajo humano: quienes intervienen en una red social ejercen una gran influencia sobre los algoritmos, los conductores corrigen las rutas que les ­sugiere el GPS, los usuarios enmiendan las imprecisiones de la transcripción automática...

 

La automatización no es la hecatombe del trabajo sino su alteración. Tanto el microtrabajo mal remunerado como el empleo de los datos que los consumidores proporcionan sin remuneración alguna implican una radical transformación del capitalismo que puede ahora prescindir de la figura del salariado y sus inconvenientes. Como si las reglas para proteger el trabajo y los trabajadores fueran un paréntesis histórico, volvemos a la época anterior al salariado, al destajo, al jornalero y la economía del regateo. Se está produciendo de este modo una mezcla de tecnología del siglo XXI y condiciones laborales del XIX. El discurso ideológico que trata de inscribir el trabajo digital en un relato emancipador (autoemprendizaje y flexibilidad) pone de manifiesto la capacidad del capitalismo de apropiarse de la crítica del trabajo y convertirla en beneficio. Me refiero a ese discurso que considera el salariado como algo asociado a la jerarquía y la verticalidad, y que trata de convertir el freelancing en sinónimo de autonomía y horizontalidad. Pero la flexibilidad no significa que los trabajadores gestionen su carrera profesional como quieran. Para los perdedores de la transformación digital, la flexibilidad extrema no es una elección vital ni un factor de autorrealización.

 

¿Qué podríamos hacer para humanizar este nuevo entorno laboral y que no suponga un retroceso y una degradación del mundo del trabajo? Una primera estrategia sería intentar que estos nuevos trabajadores tengan las conquistas sociales asociadas al empleo formal de la empresa (estabilidad, protección, condiciones de trabajo y remuneración...). Hay movimientos de sindicalización de trabajadores y abonados, así como sentencias que consideran a los trabajadores de Glovo y Uber falsos autónomos, es decir, asalariados. Se trata de una reivindicación que podría valer para los trabajos más similares al empleo tradicional, pero difícilmente puede incluirse en la lucha sindical el trabajo digital menos manifiesto. La instauración de protección social en un solo país no haría sino desplazar el problema, especialmente en aquellas actividades más fácilmente desplazables.

 

Otra solución consiste en concebir de un modo original la economía del común en la relación entre el usuario-trabajador y las infraestructuras de recogida y tratamiento de datos. Se trataría de volver a la filosofía originaria de las plataformas y darle un giro cooperativista, defendiendo la propiedad colectiva de los medios digitales de producción, aspirar a una economía sin monopolios, en la línea de lo que fue la tradición del movimiento mutualista. Los datos, recursos fundamentales de la economía de las plataformas, deberían ser entendidos como contribuciones individuales a un “dominio común informativo” (Maurel). Se conseguiría así extender el concepto de trabajo productivo a todas las actividades digitales y el reconocimiento de la contribución de los usuarios a la cadena de creación de valor de la economía digital.

 

Es un debate que hemos de abordar antes de que las cosas se acaben configurando de acuerdo con la presión que ejercen aquellos cuyos intereses no requieren ningún debate para hacerse ­valer.

 

Con información de La Vanguardia - Daniel Innenarity

 

Tags:

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

Please reload