El 5G traerá una nueva ‘edad de oro’ a las operadoras

 

La necesidad de bajar la latencia, la velocidad de respuesta de la red, obligará a las empresas a inyectar sus aplicaciones en las redes de las telecos, lo que hará muy difícil que estos grandes clientes cambien de proveedor.

 

La llegada a nuestras vidas del 5G, la nueva red de telecomunicaciones móviles que se empezará a desplegar en España a partir de 2020 -aunque en algunos países será un poco antes-, va a cambiar muchas cosas en las sociedades modernas, y va a dar un impulso fundamental a la revolución digital y la automatización.

 

Pero una de las consecuencias que va a provocar es una probable edad de oro de los operadores de telecomunicaciones móviles, que tejerán una red de complicidades nuevas y más intensas que nunca con los grandes y medianos clientes, tanto corporativos como de las administraciones públicas.

 

La razones de este cambio estratégico en las relaciones operador-cliente, se podrían titular “la consecuencia de la latencia”. Y es que en las redes de telecomunicaciones, una cosa es la velocidad de transmisión, es decir, cuan ancha es la tubería por la que circula la información y cuánta cantidad de información es capaz de circular a la vez, que se mide en megabits por segundo -y dentro de poco en gigabits por segundo- y otra cosa es la velocidad de respuesta de la red a una acción nuestra, que es lo que se llama latencia, retardo o ping y se mide en milisegundos (ms).

 

El valor de la latencia

 

Parece un concepto extraño, pero los aficionados a los videojuegos multijugador, en los que se puede competir con un rival situado al otro lado del mundo, como League of Legends, saben que la latencia es fundamental para lograr buenos resultados, porque aunque sus reflejos sean estupendos y reaccionen en décimas de segundo ante la aparición de un enemigo, si la red del rival tiene una latencia menor, es posible que aunque el jugador dispare, el servidor reciba el disparo del rival antes, y el jugador esté ya muerto sin saberlo.

 

“En una red 4G, un coche autónomo que avance a una velocidad de 100 kilómetros por hora continuará moviéndose 1,4 metros desde que detecta un incidente o un peligro hasta que aplica los frenos. Eso puede significar la diferencia entre la vida y la muerte”, Ken Hu, vicepresidente de Huawei.

 

Entre los muchos prodigios tecnológicos que nos promete el 5G probablemente el más importante es la caída drástica de la latencia. Si las mejores redes móviles 4G tienen un retardo actual de unos 40 milisegundos, el 5G completo promete bajarlo a uno o dos milisegundos.

 

Y esta mejora podría ser la más estratégica de todas las que aporta el 5G porque es la que va a permitir que las redes de telecomunicaciones 5G se empiecen a usar para muchas cosas que hasta ahora mismo eran impensables con sus antecesoras, abriendo un gran campo de aplicaciones nuevas y, de paso, nichos de negocio adicionales para las operadoras propietarias de las redes.

 

El ejemplo más obvio es el del coche conectado. Hasta ahora, incluso con el 4G, la red más avanzada que existe, era imposible imaginar el concepto de un coche que se conduce solo y que hace caso a las señales -la traducción en forma de ondas de radio de las señales de tráfico convencionales- que le llegan desde la infraestructura, ya sea una autopista, una calle o de otro vehículo que circula a poca distancia.

 

Como explica Ken Hu, vicepresidente del consejo del gigante chino de las telecomunicaciones Huawei, “en una red 4G, un coche autónomo que avance a una velocidad de 100 kilómetros por hora continuará moviéndose 1,4 metros desde que detecta un incidente o un peligro hasta que aplica los frenos. Eso puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. En una red 5G, el mismo automóvil, se moverá sólo 2,8 centímetros”. Lo mismo ocurre con el control de máquinas, de robots o de carretillas autónomas para logística en una factoría. La precisión de esos dispositivos tiene que ser más que milimétrica y eso requiere que las redes móviles desde las que se controlen tengan unas latencias muy bajas, de menos de 5 milisegundos.

 

El problema es que para lograr todas esas proezas tecnológicas, la mejora de la red móvil, que es muy importante -y que es lo que va a proporcionar el 5G-, sin embargo, no es suficiente. Para rebajar drásticamente los retardos hay que acercar físicamente los servidores en los que residen las aplicaciones o los contenidos a la red móvil, para que éstos tengan que viajar lo mínimo y los tiempos se acorten.

 

Un CDN extremo

 

Eso ya lo descubrieron en 1999 los fundadores de Akamai, una compañía que pensó que acercar los contenidos o las aplicaciones donde se estaban consumiendo mejoraría mucho la experiencia de usuario. Cuando queremos ver una película o un partido en directo en streaming, si nos conectamos a un servidor muy lejano, en EEUU o en Singapur, la señal tiene que recorrer miles de kilómetros, y aunque por la fibra óptica lo haga muy rápido, se produce un pequeño retardo.

 

Para solucionarlo Akamai empezó a replicar los contenidos más demandados de las compañías en servidores locales, a lo largo del todo el mundo, y se comprobó que la experiencia del usuario mejoraba sustancialmente. Es lo que se llama CDN (Content Delivery Network o Red de Entrega de Contenidos) y ahora se usa masivamente por parte de todos los proveedores de servicios de Internet y de todos los operadores.

 

En el caso del 5G, el concepto es el mismo, pero llevado al extremo, porque extremos son también los requerimientos de baja latencia. En este caso, no se trata sólo de acercar geográficamente el servidor con la aplicación o el contenido a donde el cliente requiere el servicio, sino que literalmente la aplicación se va a cargar en los ordenadores de la red del operador. Claro que para eso, las redes de las telecos también evolucionarán. En el futuro inmediato las redes pasarán a basarse en ordenadores de propósito general -servidores convencionales- y todas las funciones de la red se transformarán en software, que residirá en la nube. Pero las aplicaciones de los clientes, también se podrán cargar de forma distribuida, en vez de centralizada.

 

Y ese proceso provocará, probablemente, profundas consecuencias para la industria de telecomunicaciones. Porque cuando un cliente tiene sus aplicaciones cargadas a lo largo de la red del operador, la decisión de cambiar de operador se hace muy compleja, cara y probablemente mucho más arriesgada que ahora.

 

Clientes para toda la vida

 

Si en estos momentos para un gran cliente corporativo cambiar de proveedor de telecomunicaciones supone una gran complicación, y la decisión sólo se toma si el nuevo ofrece una ventaja muy sustancial, en este escenario en el que las funciones de sistemas del cliente están íntimamente imbricadas en la red del operador, la complicación y el riesgo crecen geométricamente. “El nivel de cooperación y acuerdo comercial con el cliente va a ser íntimo”, como señala el responsable de red de una gran operadora.

 

Y eso significa que el nivel de fidelización de los grandes clientes con los operadores se incrementará exponencialmente. Ahora ya es dificilísimo que un gran cliente cambie de operador, incluso si convoca un concurso abierto porque el operador que presta el servicio tiene tantas ventajas frente a los aspirantes que es muy raro que no ofrezca un precio más competitivo o al menos tan competitivo como el de los rivales.

 

Pero en ese escenario de hibridación o de simbiosis entre el cliente y el operador, será prácticamente imposible -a no ser que el operador preste un servicio catastrófico, algo poco probable- perder un gran cliente. Eso hará que los primeros que consigan este tipo de clientes tengan asegurado un contrato para mucho tiempo y, por tanto, que la batalla para ser ese primer proveedor y alcanzar el status de proveedor permanente revisable, sea encarnizada.

 

‘Telecos’ vs Internet

 

Pero las consecuencias pueden ser aún más importantes. En el mercado de los servicios cloud, en la última década han destacado varios colosos mundiales como Amazon con su Amazon Web Services (AWS) y Microsoft con Microsoft Azure, así como Google o IBM. Sin embargo, estos grandes grupos no tienen un gran nivel de granularidad o capilaridad de sus centros de procesos de datos desplegados en los territorios de los países que constituyen sus principales mercados.

 

Concentrar a los clientes en gigantescos centros de datos ahorra muchos costes y permite ofrecer mejores precios, pero es contrario a un despliegue local, un concepto fundamental cuando la baja latencia es vital para el cliente. Así, es probable que cuando se trate de disponer de una latencia de 10 o 20 milisegundos, sea suficiente con tener cuatro centros en un país como España, pero cuando se intente obtener 2 milisegundos, es posible que sea necesario desplegar las aplicaciones en 2.000 sitios a lo largo de todo el territorio. Y eso vale dinero y se podrá monetizar a un precio relativamente alto porque añade mucho valor.

 

¿Y quién tiene un despliegue territorial extenso, con miles de emplazamientos con equipamiento electrónico, conectados con fibra óptica, con alimentación eléctrica, con seguridad y protección antivandálica y frente a la intemperie? Sólo las operadoras de telecomunicaciones móviles y, en menor medida y con más limitaciones, esos otros actores similares que son los grupos de infraestructuras propietarios de torres y emplazamientos de telefonía móvil como Cellnex. Además, como explica el director del negocio de Empresas de una gran operadora, “el coste de dotar de más capacidad de almacenamiento a las estaciones base de comunicaciones móviles, para adoptar un escenario de contenido distribuido, es muy bajo en comparación con el coste de la propia estación base. En ese escenario, la única infraestructura distribuida es la de los operadores de telecos y, además, es muy difícil de replicar”.

 

Pero la industria de telecos no prevé un escenario de competición extrema en este terreno entre los gigantes del cloud y los operadores. Imagina, más bien, una coopetición. Porque tampoco es probable que las operadoras -que operan en mercados locales- puedan replicar las enormes infraestructuras de datos que han construido los Amazon o Microsoft para sus negocios de cloud pública, aprovechando su presencia y alcance planetarios.

 

Por eso, el escenario más probable, según señala este ejecutivo, es uno de cooperación recíproca en el que las telecos revendan los servicios de cloud pública de los gigantes de Internet y éstos usen la capilaridad de las telecos para ofrecer bajas latencias a sus clientes. Pero, como resume este ejecutivo, “ese escenario otorga a las operadoras una ventaja competitiva y, frente a los gigantes de Internet, eso hacía mucho tiempo que no ocurría”.

 

La revalorización de las redes de torres móviles

 

En una hipótesis en la que los contenidos y aplicaciones distribuidas capilarmente por los territorios se generalizasen para bajar las latencias, las redes de torres de la telefonía móvil, como activos difícilmente replicables para ofrecer esos servicios, verían aumentado su ya alto valor. Y fuera de las telecos, los únicos que las tienen son las grandes empresas de torres (towering companies). Sin embargo, estas últimas suelen disponer sólo de las infraestructuras pasivas (los emplazamientos con fibra, electricidad y seguridad) pero no de los equipos activos (los equipos de radio y las antenas, es decir, las redes, que están instaladas en los emplazamientos) que suelen ser propiedad de los operadores. Pero desde el punto de vista de la latencia, cuanto ésta es crítica, no es lo mismo “conectarse” a una red móvil, aunque sea con un emplazamiento muy cercano a donde se va a utilizar el servicio, que “ser” parte de la red móvil, y una red móvil que es lo que pueden ofrecer las operadoras. Por eso, no sería de extrañar que los gigantes del negocio del cloud, como Amazon, Microsoft o Google -con una capitalización bursátil de 693.000, 715.000 y 812.000 millones de dólares, respectivamente- se empezasen a interesar por las redes de emplazamientos inalámbricos de los operadores móviles o directamente por los grandes grupos de torres, como American Tower, el gigante americano del sector que, comparativamente, vale mucho menos, sólo 62.000 millones, por no hablar de los 5.000 millones de capitalización de la española Cellnex, la participada por Abertis, que ofrecerá a su potencial comprador el liderazgo del sector en Europa.

Tags:

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

Please reload