La doctrina Trump 2.0, a un año del regreso a la Casa Blanca
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Donald Trump regresó a la Casa Blanca y de eso se cumple un año este 20 de enero del 2026, aunque pueda parecer que ha pasado más tiempo desde que inició su segundo periodo como presidente de los Estados Unidos.
Su retorno ha marcado un punto de inflexión radical en la política industrial estadounidense, caracterizado por un movimiento inédito hacia lo que se le puede denominar un “capitalismo de seguridad nacional”.
Y es que en este segundo periodo, Donald Trump volvió decidido a regresar a Estados Unidos la bandera del gigante tecnológico, un mote que perdió con el paso de los años ante una nación que se le adelantó: China.
Durante el inicio de su segundo mandato, Trump tuvo como principal aliado a Elon Musk, quien fungió como titular del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), aunque sólo duró algunos meses, pues los intereses personales de cada uno los divorció.
Sin embargo, el plan de Trump fue no solamente en el papel, sino que comenzó a actuar de inmediato teniendo de manera cercana a las Big Tech estadounidenses: Microsoft, Intel, Google, Amazon, X, Apple, por mencionar algunas.
Lejos del laissez-faire tradicional republicano (que busca limitar la intervención del Estado al mínimo), la administración de Donald Trump optó por una intervención directa en el mercado, materializada en la adquisición del 9.9% de las acciones de Intel Corporation, que ha sido una de las acciones más importantes en estos 12 meses.
Esta operación, valorada en 8,900 millones de dólares, no sólo busca rescatar a un gigante en apuros, sino enviar un mensaje claro: la infraestructura de semiconductores es ahora un activo soberano intocable.
Y es que comencé este texto hablando de cómo Estados Unidos dejó de ser el gigante tecnológico, y precisamente perdió terreno en un sector, como el de los semiconductores, que es imprescindible para el desarrollo de nuevas tecnologías, como la Inteligencia Artificial (IA).
En la administración de Joe Biden se pensó en un rescate con la CHIPS and Science Act a través de subsidios, no obstante, Donald Trump llegó a reestructurarla para convertir estos subsidios en participación accionaria, que sin duda le ha dado un nuevo giro a la relación entre Washington y Silicon Valley.
Y es que el plan de Donald Trump es que la investigación y desarrollo tecnológico se realice al 100% en Estados Unidos. Hay que recordar que muchas empresas tecnológicas tuvieron que recular en sus planes de establecer fábricas en países como México y regresarlas al país del norte, como Tesla.
El apoyo a la industria nacional estadounidense viene acompañado de un proteccionismo agresivo que redefine las reglas del comercio global. La “guerra fría tecnológica” con China ha escalado de aranceles comerciales a bloqueos.
Por ejemplo, hay que recordar que en diciembre del año pasado, Trump firmó una orden ejecutiva que autoriza la venta de TikTok a un consorcio estadounidense liderado por Oracle.
La declaración del presidente Trump sobre los chips Blackwell de Nvidia es la prueba más contundente, pues al reservar la IA más avanzada exclusivamente para empresas estadounidenses, la administración busca crear una brecha tecnológica insalvable, negando a China, y potencialmente a otros competidores globales.
Esta estrategia de “soberanía del silicio” ha sido recibida con un respaldo casi unánime por los capitanes de la industria tecnológica, quienes ven en este proteccionismo una oportunidad para la resiliencia.
Líderes de Microsoft, Dell, HP y AWS han cerrado filas en torno a la agenda de Trump, reconociendo que la dependencia de las cadenas de suministro asiáticas es una vulnerabilidad que ya no pueden permitirse. La narrativa corporativa ha cambiado: la inversión en manufactura local ya no es sólo una cuestión de costos, sino un imperativo de seguridad nacional y continuidad de negocio.
El plan de Donald Trump ha sido integral, pues recientemente anunció que ya trabaja con las Big Tech que están enfocadas en el desarrollo de IA, para resolver el tema de requerimientos energéticos sin afectar el consumo en los hogares.
Microsoft, una de las principales empresas estadounidenses que empezó una cruzada mundial con inversiones para IA, está en planes con Donald Trump sobre el tema energético.
Trump acusó en sus redes sociales que durante la administración de Joe Biden, las tarifas eléctricas se elevaron en más del 30%, por lo que buscará frenar esta alza por culpa de los Centros de Datos.
Poniendo el ejemplo de Microsoft sobre su expansionismo mundial, podemos decir que el mensaje es que Estados Unidos está dispuesto a compartir tecnología, pero se reservará la “joya de la corona” para sí mismo, asegurando que la supremacía en el desarrollo de modelos de IA de próxima generación permanezca estrictamente bajo bandera estadounidense.
El impacto global de estas medidas durante este primer año del gobierno de Donald Trump ha sido la aceleración de la fragmentación tecnológica. Al prohibir la venta de los chips más potentes a China, Trump obliga a Beijing a acelerar su propia tecnología, aunque a un costo y tiempo mucho mayores.
Mientras tanto, Intel, ahora con el gobierno como accionista pasivo, se posiciona como el contrapeso occidental a la manufactura asiática, intentando recuperar el liderazgo perdido en la última década bajo la estricta vigilancia de Washington.
La Administración de Trump ha dejado claro que está dispuesta a usar todas las herramientas del Estado, desde la compra de acciones hasta vetos de exportación, para garantizar que el futuro de la computación y la Inteligencia Artificial se diseñe, fabrique y controle desde Estados Unidos.
Incluso, Donald Trump ha comenzado a adoptar un papel autocrático en el que Estados Unidos es quien manda en todo el mundo, pues ha abandonado ya 66 organismos internacionales, la mitad de ellos pertenecientes a las Naciones Unidas. Líderes europeos como Emmanuel Macron han declarado que Estados Unidos se está alejando de sus aliados.
Otra muestra al respecto es el desaire que ha hecho Trump al Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), lo que ha traído como consecuencia que el primer ministro de Canadá, Mark Carney, haya visitado recientemente a China a pesar de las tensiones comerciales.
Y con América Latina tampoco ha sido distinto. Ya lo vimos cuando el gobierno de Trump impuso aranceles del 50% a las importaciones brasileñas a Estados Unidos a partir del 6 de agosto, y con México, aún está en interrogación lo que ocurrirá con la revisión del T-MEC.
Con información de Alejandro González DPLnews
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